Porque llegaron las Fiestas

No soy amiga de tópicos. Quizás por eso soy una de las pocas personas que todavía no ha visto “Ocho apellidos vascos”. Pero el día a día está lleno de tópicos.  Y si hay algo en estas fechas que marque el TOPICAZO DE MUNDO MUNDIAL, son los Sanfermines. Los Sanfermines y por extensión, la ciudad de Pamplona. ¿Y cuál es el tópico mayor?:  “Pamplona: ocho días de desenfreno”. Pues no, eso no es así.

Pamplona no es, no ha sido y no quiere ser la ciudad del desenfreno y “el todo vale”. Hemingway dio a los Sanfermines una proyección mundial. Pero Pamplona no es únicamente la Fiesta de Hemingway. Es mucho más. Es la Fiesta de los nervios previos al encierro, del silencio de la Procesión sólo roto por la Jota al Glorioso  San Fermín, de los churros de La Mañueta, de los Gigantes, Kilikis y Zaldikos, del colorido y bullicio de las Peñas, de los almuerzos en cuadrilla…

Y como homenaje a esa Fiesta que tanto quiero y a esa ciudad en la que tanto quise, dejo algo que escribí hace muchos años, una tarde del 5 de julio en La Roncalesa:

Se ha vestido la Cuenca de sangre y oro.

Se ha llenado Pamplona de olor a toro.

Y por la noche, con la cuesta al hombro,

llega la Fiesta