30 de junio, San Marcial.

Hoy es mi cumpleaños y,  paradojas del destino, también es el aniversario de la muerte de mi padre. Sí, un mismo día como hoy, con unos cuantos años de diferencia y casi a la misma hora, mi padre celebró el nacimiento de su primera hija y ella, es decir, yo, despedí a una de las personas mis importantes de mi vida. Dicen que el tiempo lo cura todo. Yo pienso que no. Lo suaviza, pero el dolor sigue. Con él se fue no sólo el padre que con un mirada, sin levantar nunca la voz y mucho menos, la mano, te decía que algo no estaba bien; también se fue el amigo que me enseñó los secretos del monte (aquellas excursiones por la Selva del Irati) o me inculcó la afición por la Real (aquel abrazo en Gijón después del gol de Zamora y mientras yo gritaba como loca ¡gol, gol, gol!); el confidente al que le conté la tristeza cuando me fui a estudiar fuera o los nervios ante mi primera entre vista de trabajo). Han pasado unos cuantos años y él sigue siendo la Fuerza que ayuda al Ave Fénix a renacer de sus cenizas. Y sigo afirmando aquellas palabras que le dediqué el día de su funeral y que terminaban así: “A la lotería de la vida le doy las gracias porque en el bombo me tocaste tú”.